Una PESTE mortal
- F. E. Lizana A.

- 6 nov 2019
- 3 Min. de lectura
“Él te librará (…); de la peste destructora”
(Salmo 91:3).
También el versículo tres del Salmo 91, nos dice que hay otro peligro no menor: “La peste destructora”.
La peste ataca a las personas, seres vivos y no a las cosechas.
La definición de peste es cualquier enfermedad virulenta o fatal. Estas enfermedades mortales se adhieren al cuerpo de una persona con la intención de destruirla.
El nombre “peste” ya es de temer. Pandemia infunde terror.
Sucesos devastadores
Entre varios desastres de esta naturaleza, mencionaremos solamente dos:
1. La peste negra o bubónica fue una devastadora pandemia que asoló Europa en el siglo XIV, causando la muerte de una tercera parte de la población del continente en el año 1348. Las estadísticas dicen que hubo 65.000.000 de víctimas.
2. Entre 800.000. y 900.000 personas, la gripe española (también conocida como la “Gran pandemia de gripe”, la “Epidemia de gripe de 1918” o “La gran gripe”) fue una pandemia de “gravedad inusitada”.
3. Hoy siguen y suman las pestes; sida, peste rosa, cáncer, cólera, dengue, gripe porcina, Ébola, diversas bacterias y virus en desarrollo.
La peste planetaria
Hay una peste más virulenta aún y mortal, que no tan solo se adhiere al cuerpo, sino el alma hasta destruirla, y que la Palabra de Dios le llama “pecado”. El apóstol Pablo describe dramáticamente la obra del pecado: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. (Romanos 5:12).
Una contaminación que se extiende por todo el mundo. Por más esfuerzos humanos que haga el hombre para no sufrir los estragos del contagio es imposible escapar. El apóstol sigue con su profundo escudriñamiento al fondo de su ser, para declarar agónico: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer, el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Rom. 7:18-21).
El Apóstol S. Juan lo definió así: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).
La autora cristiana Elena de White, hizo el siguiente comentario: “El pecado es un intruso y no hay razón para explicar su presencia Es algo misterioso e inexplicable, excusarlo equivaldría defenderlo. Si se encontrara una excusa en su favor o señalar la causa de su existencia, dejaría de ser pecado” (CM Predicha pg. 8).
La cura divina
Dios nos quiere salvar desesperadamente de esta peste y en su Palabra encontramos protección y salvación: ¡Cristo Jesús!.
Dice la Biblia: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. (Isaías 53: 4,5); “al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5).
Posiblemente, la tragedia más grande es que millones de personas han perecido y nunca conocieron ni invocaron las extraordinarias y poderosas promesas de salvación que están en la Santa Biblia y en el Salmo 91, que nos hablan del Salvador del mundo y su sacrificio en la Cruz para salvarnos.
No tengas miedo de la “peste destructora” del alma, cuerpo y espíritu. Invoca la sanidad DIVINA que está en Jesús.
Dios te bendiga.





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