Tú tienes un FUTURO Glorioso
- F. E. Lizana A.

- 22 may 2020
- 6 Min. de lectura
“(…) y le glorificaré”. (Salmo 91:15).

5ta. Promesa: “Le glorificaré”
En diversos pasajes de la Biblia leemos acerca de la gloria de Dios, en ellos contemplamos; esplendor, dignidad y poder ilimitado. También comprendemos que la gloria verdadera viene de uno que es todopoderoso, como es Dios.
A continuación, te invito a revisar dos extraordinarios escenarios de la Escritura que revelan una dimensión gloriosa de Dios.
Un Dios GLORIOSO
1. El llamado del profeta Isaías:
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; “(Isaías 6: 1-5).
2. La visión del profeta Daniel:
“Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él;” (Daniel 7:9,10).
En ambas citas bíblicas, lo que captura la atención y desorbita la imaginación, es el majestuoso escenario extraordinario que genera la presencia de Dios.
Dando la gloria al PADRE
En ese contexto demandante de la Escritura, el Señor Jesucristo confesó su objetivo logrado después de desarrollar por tres años y medio su ministerio terrenal y la culminación del mismo, cuando dijo: "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. "(S. Juan 17:4), dando a entender que toda su vida de abnegación, amor y misericordia, hacia la humanidad perdida, fueron obras buenas y fecundas que glorificaron al Padre.
El evangelio según S. Juan dice; “Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho. (…) Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado (…) Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”. (S. Juan 12: 16, 23,28). Siempre que el creyente busca la gloria de Dios, tiene un faro luminoso en el ejemplo de Jesús, que siempre en su vida y en cada acto de su ministerio le importó hacer la voluntad del Padre. La dignidad más alta que pueda alcanzar el ser humano en esta tierra es honrar al Dios del cielo haciendo su VOLUNTAD. Tal acción nace de una conciencia iluminada en la concepción de un Dios glorioso Señor del cielo y la tierra, que sostiene los mundos y gobierna todos los asuntos del universo.
La glorificación del HIJO
El Señor Jesús, fue glorificado hasta lo sumo, conforme a la promesa del Padre; “(...) y le glorificaré”. (Salmo 91:15).
El evangelio S. Mateo 17:1-6, en el monte de la transfiguración, anticipa una vislumbre de la glorificación del Señor Jesucristo; “y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz “. Más adelante el Maestro, aseguró que el Espíritu Santo en el futuro próximo después de la Cruz, tendría la función de glorificar al Señor ¡y de qué manera!, cuando dijo; ““El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”. (S. Juan 16: 14).
La MÁXIMA glorificación
El apóstol Pedro en su primer discurso del Pentecostés, daba testimonio del cumplimiento de la promesa al constatar el evento glorioso del derramamiento del Espíritu Santo, sobre los discípulos. Parte de su predicación decía; “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad” (Hechos 3:13).
Después de la resurrección y ascensión de Cristo, el suceso en el cielo fue registrado por la pluma inspirada asi ; “Se oye entonces la voz de Dios proclamando que la justicia está satisfecha. Satanás está vencido. Los hijos de Cristo, que trabajan y luchan en la tierra, son "aceptos en el Amado”. Delante de los ángeles celestiales y los representantes de los mundos que no cayeron, son declarados justificados. Donde él esté, allí estará su iglesia. "La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron”. Los brazos del Padre rodean a su Hijo, y se da la orden: "Adórenlo todos los ángeles de Dios. Con gozo inefable, los principados y las potestades reconocen la supremacía del Príncipe de la vida. La hueste angélica se postra delante de él, mientras que el alegre clamor llena todos los atrios del cielo: "¡Digno es el Cordero que ha sido inmolado, de recibir el poder, y la riqueza, y la sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria, y la bendición!' Los cantos de triunfo se mezclan con la música de las arpas angelicales, hasta que el cielo parece rebosar de gozo y alabanza. El amor ha vencido. Lo que estaba perdido se ha hallado. El cielo repercute con voces que en armoniosos acentos proclaman: "¡Bendición, y honra y gloria y dominio al que está sentado sobre el trono, y al Cordero, por los siglos de los siglos!" (DTG, Pg. 773).
El Padre había prometido que daría al Mesías la gloria después de atravesar la crisis de la Cruz; “Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores. “(Isaías 53:12). Toda esta promesa tan maravillosa y gloriosa se materializará antes nuestros ojos cuando el Señor Jesucristo aparezca con toda majestad en los cielos en ocasión de su Segunda Venida, “(…) hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén”. (1 Timoteo 6:15,16).
“Del mismo modo como Cristo fue glorificado en los días del Pentecostés, también lo será cuando culmine la obra del evangelio, ocasión en que él preparará a cada creyente para la prueba final que vendrá al finalizar el gran conflicto (…). El Salvador será glorificado, y la tierra será iluminada con la gloria de los brillantes rayos de su justicia. Él es la fuente de la luz, y la luz procedente de los portales entreabiertos han estado brillando sobre el pueblo de Dios, para que puedan exaltar su glorioso carácter delante de los que aún permanecen en la oscuridad”. (Ellen de While, The Home Missionary, 1º de Noviembre de 1893).
La glorificación de los SANTOS
En Cristo Jesús, todas las promesas son también de nosotros. Son nuestras por la fe, en Él, gracias a su victoria en la Cruz y resurrección. Se acerca el día en que se cumplirá todo lo que está escrito en su Palabra. Así dice el apóstol S. Pablo; “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. “(Romanos 8:17).
Tenemos las evidencias de la realidad verdadera y final, que por ahora esta oculta a nuestros ojos. Sin embargo, así como se cumplió todo lo dicho por el Padre acerca de su Hijo, se cumplirá para gloria y salvación de nosotros y nuestros seres amados. Dice el apóstol;” Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20,21).
Por medio de la fe podemos decir; “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. (Hebreos 11:1,2).
Te invito a que seas creyente y te animes a confiar en Dios y su Palabra.
Las promesas siguen y te invito a disfrutar de ellas en los próximos capítulos...




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